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El mito creacionista y el mito darwinista


El darwinismo se ha creado basado en la propuesta evolutiva de Darwin, que tiene como piedra angular al tautológico concepto de la selección natural. El concepto inicial de selección natural, definido desde Empedocles en el siglo V a.c. hasta Wallace en 1858, quien publico un artículo relacionado a la evolución de las especies anterior al libro de Darwin, era ya muy conocido y utilizado. La teología natural (Por ej. en la obra del  Reverendo William Paley) lo utilizaba como un concepto que servía para explicar las extinciones de algunas especies creadas por un ser creador. Pero se ha creado el mito de que Darwin tuvo la genialidad de aportar este concepto como explicación de la transformación de las especies. Reconocido por propios y ajenos, el libro de Darwin no habla del origen de las especies pero brindó una supuesta explicación científica a la idea de la existencia de razas superiores. Sin embargo, la selección natural no existe ni como mecanismo ni como  proceso, no es un mecanismo identificable ni cuantificable, solo es una estratagema semántica basada en una multiplicidad de acepciones, ninguna útil científicamente (puntos que estan bien justificados en el blog Biologia y pensamiento).

Para darle poder al mito, el darwinismo se ha inventado un enemigo a su nivel. El darwinismo creo al creacionismo. Incapaz de enfrentar una discusión científica y la realidad de que se trata de una gran falacia, el darwinismo y sus ideas acientíficas evitan la discusión científica imponiendo un cerrado dogma y discutiendo con la religión. Para ello  se relata que los creacionistas “pre-darwinistas” son aquellos naturalistas que influidos por las ideas religiosas de la época defendían el fijismo, es decir, que las especies habían sido creadas por un Creador y habían permanecido inmutables a lo largo de la historia de la tierra. Sobra decir que la ciencia biológica y evolutiva, si fuesen realmente científicas, no debería ocuparse de los mitos – sean estos aztecas, hindúes, cristianos, etc. – de la creación del mundo  y las especies. Mucho más terrible es que en nombre de la ciencia se eleve a nivel de teoría o de ciencia las más evidentes delirios, especulaciones y relatos ficticios para explicar el evidente e irrefutable proceso evolutivo. Por ello, actualmente, se sigue alimentando el relato del  “enemigo” creacionista. Porque esto es útil al statu quo y al inmovilismo de la biología evolutiva anclada en pseudo explicaciones medievales. Enemigo de la ciencia y de la biología, el evolucionismo darwinista impone que es imposible cuestionar el dogma. Mientras hablan de la “evolucion” de la ciencia evitan enfrentar la realidad de su incapacidad explicativa.

Mientras tanto, los darwinistas hablan por doquier de la selección natural definiéndola como mecanismo, proceso, teoría, ley, resultado, causa y consecuencia de la evolución, lo que denota su maleabilidad semántica y su inexistencia real, se la eleva como una explicación genial (y “científica”) frases como estas:

La selección natural busca diariamente, a cada instante, y en todo el mundo, las variaciones, mas ligeras, repele las que son nocivas, conserva y acumula las que son útiles, trabaja en silencio, insensiblemente por todas partes siempre, para mejorar todos los seres organizados relativamente a sus condiciones de existencia orgánicas e inorgánicas.  (Ch. Darwin, “El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”, 1859)

Esta mezcla de los conceptos de Empedocles y del relato bíblico que bien conocía Darwin – estudiante de Teología- domina la ciencia actual. En pleno siglo XXI, aunque los darwinistas, insistan hipócritamente en la flexibilidad de la ciencia y en la incorporación de los nuevos descubrimientos, nada sirve si se exige que la naturaleza y los hechos se enmarque en un relato mitico de la creación de las especies basada en la acientífica selección natural.

Solo han cambiado la palabra “dios” por “selección natural”. La selección natural ubicua y omnipotente, sin sustento científico que de una información certera, anda sobre la superficie terrestre. Al relato mítico darwinista, solo le falta decir que este fantasma ambulante seleccionador cada siete días descansa.

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